El misterio de Aquetzalli – Cuento corto.

Relato para el reto Literautas: escribir un relato de ficción protagonizado por un ladrón que roba algo sin tener ni idea de lo que es.

—Es una belleza —dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer.

Quinientos años atrás, otras manos más oscuras también la habían tocado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—¡Casi se nos cae la tumba encima, patrón! Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas. Estábamos por regresar cuando sentí que me miraban por detrás. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Era un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado. Sus ojos reflejaban alivio de haber podido encontrar algo que agradara a su empleador.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa) vio salir de su vientre a su criatura. Gotas de sudor, como ríos, se deslizaban por su frente mientras intentaba jalar aire. El mundo se le desdibujaba, pero alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Así se hundió en los brazos de la muerte.

Las manos de su viudo, Mixtli (Nube) temblaron cuando recibió de un artesano la figura que había mandado a hacer en honor a su compañera. Por un momento dejó de sentir la dureza de la arcilla y sintió la tibieza de una piel. Casi la tira de la impresión. «Es ella —pensó—. Renunció a los honores que le correspondían por haber muerto en el parto. Ahora está aquí. Decidió quedarse con nosotros».

Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Vicente, el miembro más nuevo del equipo de profanadores, hizo un brindis con voz pastosa. Luego, tratando de no caerse, derramó sin querer un chorro de cerveza sobre sus botas cubiertas de polvo. Nemesio lo miró con desdén, le dio un trago a su bebida y se limpió de mal modo la espuma que había quedado sobre su bigote descuidado.

—No sabes tomar, muchacho, tampoco trabajar. Anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras. A los muertos no les importa que les destrocen la cara, pero ¿sabes a quiénes sí les gusta el estrépito? ¡A la policía, estúpido!

—Oye, Nemesio, ¿es cierto que sentiste algo extraño en la tumba antes de ver la figura? —preguntó otro de los hombres.

—No quiero hablar de eso —dijo Nemesio y por un momento sus facciones se ensombrecieron.

Risas, gritos, maldiciones.

—¿A qué hora sale el patrón? ¡Queremos nuestro dinero!

En casa, de noche, Mixtli escuchaba complacido la respiración rítmica y tranquila de su hijo Coyoltzin (pequeño cascabel). Desde que montaron el modesto altar para Aquetzalli a un lado de los dioses principales, ambos se sintieron protegidos y en paz.

Al paso del tiempo, los cabellos de Mixtli se volvieron blancos.

—Hijo, cuando muera, quiero que pongas la efigie de tu madre en mi tumba. Ella y yo debemos caminar juntos a la tierra de los muertos.

Dentro de su oficina, el patrón sostenía una de las fotos que había enviado a futuros compradores. «Es bella, pero no deja de ser un montón de arcilla vieja. Cuesta creer la fortuna que nos caerá gracias a ella».

Los teléfonos no callaban. En medio del frenesí, algo le molestaba. Los vellos de su piel se erizaron sin motivo y el ambiente se puso opresivo. Le costaba respirar. De reojo percibió un resplandor rojizo envolviendo la escultura, volteó, pero no vio nada. «La mente me está jugando bromas pesadas». Mientras revisaba una oferta, sintió una presencia extraña detrás de él. Le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

Afuera, el alegre grupo de borrachos vio salir de la oficina una humareda densa con olor a copal, una resina aromática usada en ceremonias antiguas.

—¡Abran, idiotas! —ordenó Nemesio y los hombres entraron en tropel. Se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos.

Cuando las cosas se aclararon por fin con las autoridades, Nemesio y los suyos se encaminaron a sus hogares. Iban con los hombros caídos, el gesto triste y la boca llena de amargura por haberse quedado sin su recompensa. No lo sabían; de cerca los seguía «algo» que no podían ver.

Al final, Mixtli y Aquetzalli se dispusieron a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán, la tierra de los muertos.

729 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.


En la cosmovisión mesoamericana, el fallecimiento durante el parto no era considerado una tragedia común, sino un acto de valentía extrema. Las mujeres que perdían la vida dando a luz eran honradas como guerreras y elevadas a la categoría de divinidades conocidas como Cihuateteo.

Este relato se publicó en este blog el 13 de abril del 2021. Esta es una versión revisada y con múltiples cambios.

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La promesa – microrrelato.

Mi propuesta para el reto Escribir Jugando. Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imagen, que incluya la runa Kaunaz y la flor de bach hornbeam (hojarazo).

Bricio arrojó las herramientas de trabajo y gruñó.

—¡Estamos malditos! Arwen está en la luna. Debimos tener un varón; al menos sabría ganarse el sustento.

—Ella ayuda—objetó Hilda.

—Las mujeres no sirven de mucho. ¡Dame de cenar!

De noche, Hilda puso entre los dedos dormidos de Arwen la runa Kaunaz para que la iluminara espiritualmente.

—¡Volveré! —susurró besándole la mejilla.

Fue al fogón y bebió una infusión de hojarazo que le quitó un poco el cansancio del alma. Necesitaba fuerza para dejar a su pequeña. Regresaría por ella en cuanto tuviera algo seguro.

95 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.


La runa Kaunaz es la sexta runa del Futhark antiguo. Su forma es similar a la de un boomerang o un signo «<«. Simboliza el fuego creador, la iluminación espiritual, la inspiración artística, el conocimiento y la pasión humana.

Flor de bach hornbeam: Para los que se sienten demasiado agotados. Cansancio más mental que físico. Persona apática, sin ánimo para cumplir con sus rutinas, “no puedo más”. Falta de entusiasmo.


Sobre el género del microrrelato:

Un microrrelato es un texto narrativo de ficción extremadamente breve (desde una línea hasta un par de párrafos) que cuenta una historia intensa. Exige un lector activo que colabore en su construcción mental, ya que omite descripciones y detalles para que el lector los deduzca (elipsis).

Aunque sea breve, el microrrelato suele contener una situación inicial, un incidente o quiebre y un desenlace (muchas veces sorpresivo). No es simplemente el fragmento de un momento; es una historia en sí misma.


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El umbral de la soledad – Cuento corto.

Mi propuesta para el VadeReto de Junio: Escenario: Japón. Incluir dos palabras originales japonesas. Explicarlas al final del relato.
Intentar que el relato invite a la reflexión, la espiritualidad, la esperanza, la calma y la percepción de los pequeños detalles.

Desde mi habitación escucho el trajinar de mi madre; son las cinco y treinta de la madrugada. Con movimientos eficientes, sin desperdicio, estará preparando el almuerzo escolar de mis hermanos y el desayuno. Me pregunto si alguna vez se cansa; pareciera que su energía no se agota. Es como una directora de orquesta y todo debe salir impecable. Lo que no sabe es que yo no saldré a desayunar. He decidido quedarme en mi habitación. Yo seré la imperfección en este día perfecto.

—Haru, ¿qué pasa? —demanda con voz enérgica.

—No saldré.

—¿Qué? ¿Estás enfermo?

—No.

—¡Sal a desayunar! Debes irte temprano a buscar trabajo.

Nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.

—Te dejo la comida frente a tu puerta. Necesitamos discutir esto.

No hablaré con nadie. No iré a ningún lugar. Los oigo salir de casa y abro para encontrarme con una bandeja que tiene arroz al vapor, sopa de miso y salmón a la sal con verduras. También hay una taza de té verde.

Cuando mis hermanos regresan de la escuela, los oigo cuchichear.

—Está deprimido porque no ha encontrado trabajo —dice Kaori, la más sensible.

—Es un holgazán —dice el sabihondo Hiroshi—. No se esfuerza lo suficiente.

Considero que no fui un mal estudiante, pero nunca alcancé la excelencia. Mi familia no tiene dinero ni amigos influyentes y, en los trabajos donde me he postulado, se van por los candidatos con mejor desempeño escolar o por algún «recomendado».

Luego, mi padre llega y zarandea mi puerta.

—¡Haru! ¡Abre ahora mismo!

Si él tuviera la fuerza que tenía de joven, no tendría problema para entrar. Tiene sesenta y siete años y debería estar retirado, pero la empresa manufacturera donde labora le paga un incentivo para trabajar hasta los setenta en un puesto de oficina.

Me han cortado el internet en otro intento por hacerme salir. Les paso por debajo de la puerta una imagen del bosque Aokigahara a los pies del monte Fuji. Es un lugar muy bello, lleno de cipreses, robles, arces y abedules. Es famoso por ser el sitio donde los desesperados en Japón terminan sus días por mano propia.

Mi madre solloza. Mi padre gruñe como un animal herido.

Me regresaron el servicio. Los continuos ruegos de que saliera dieron paso a un silencio tenso y violento, nada zen.

Mis días transcurren jugando videojuegos y viendo anime. También participo en foros, protegido por el bendito anonimato. Mi cuarto es un desastre y huele mal, pero aquí me siento seguro. No tengo que probar nada a nadie. Ahora soy lo que se dice un hikikomori

Una mañana, junto con la bandeja del desayuno, encuentro un sobre dirigido a mí con sello postal de la ciudad de Yokohama. El corazón se me acelera de pronto. Lo abro. Dentro hay una foto actual de Misaki, mi amiga de la secundaria, y además, mi amor platónico. La reconozco por su lunar con forma de lágrima justo debajo de uno de sus ojos. Volteo la foto; atrás, con su particular caligrafía escribió: «Haru, iré a verte».

Entro en pánico. Me enojo con mi madre, que seguramente buscó a mi amiga para «ayudarme». No quiero verla. O tal vez sí. Miro la fotografía muchas veces y rememoro esos años. Ambos estábamos en el grupo de limpieza de nuestra aula. Amaba su risa y su lunar y ella se reía de mis chistes malos. Quise convencerla de que se metiera a mi club de manga y anime, pero ella prefería el de ajedrez y literatura. Yo además iba por la noche a una escuela nocturna a recibir clases de refuerzo de matemáticas. No había tiempo para ver a Misaki fuera del horario escolar.

Mamá me ha dicho a través de la puerta que Misaki se hospedará con nosotros. Frente al espejo veo un sucio vagabundo de pelo largo y barba descuidada. No me reconozco. Saco las tijeras y la navaja de afeitar. No sé por dónde empezar. Las vuelvo a guardar. No haré nada. No la veré. Ojalá no venga.

Su voz inconfundible, suave y melódica, flota hasta mi habitación. ¡Llegó! Espero que suba y, como todos, me pida que salga. No lo hace. Se queda abajo platicando con mi madre. Pasa la tarde y, a la hora de la cena, la escucho reír junto a mi familia. Es bueno que rían; bastante tristeza les he dado. Espero ansioso por si me busca. Conforme se deslizan los minutos, es evidente que no lo hará. No puedo dormir. En la madrugada decido, ahora sí, cortarme el pelo y afeitarme. El primer tijeretazo me estremece; veo azorado el mechón oscuro que ha caído al suelo. Ya no hay retorno. Continúo. Siento que poco a poco suelto un peso de encima. Al final vuelvo a verme como antes. Me afeito y decido ir al baño familiar para ducharme, confío que, por la hora, no me encontraré con nadie. El baño me da alivio, igual a cuando se quita uno la costra que ha estado molestando. De regreso en mi cuarto veo de nuevo la fotografía; creo que se ha convertido en mi Ikigai, mi «razón de ser». Sí, es un Ikigai humilde, no uno de grandes sueños de éxito o de perfección. Mi Ikigai es ver a Misaki.

Salgo para verla. Tras cinco meses de aislamiento las miradas se clavan en mí. Los ojos de mi madre sonríen. Papá me ve con una mezcla de sorpresa y alivio. Mis hermanos tienen la boca abierta.

Me acerco a ella e inclino la cabeza.

—Hola Misaki.

Ella me mira y sonríe. Levanta una mano en señal de saludo.

—¡Haru!

Mi madre ha complementado el desayuno tradicional con una tortilla de huevo dulce y salada y acompañamiento de vegetales encurtidos, nori y soya fermentada. Todo en honor de Misaki. Al terminar de desayunar, mamá propone que nuestra visitante y yo salgamos a pasear. «Haru, te hará bien el aire fresco».

Misaki lee en mis ojos el pánico que salir me provoca.

—Vayamos un rato a admirar el jardín interior. ¿Quieres, Haru? —asiento agradecido.

Se trata de un espacio pequeñito encerrado entre las paredes de la casa y con un tragaluz. Hay bambú, musgo y rocas. Por su tamaño, está hecho para la contemplación. Nos sentamos en un pasillo que lo bordea. La sensación cálida y suave de la madera del piso me toma por sorpresa. Había olvidado lo agradable que era ese rincón de la casa.

—Me da gusto que hayas decidido salir, Haru.

La luz que filtra el tragaluz ilumina sus ojos marrones y su lunar.

—Quería verte, Misaki. ¿Cómo estás?

—He estado mejor —dice con una risa nerviosa—. Me enamoré de un chico del club de ajedrez y al final me rompió el corazón.

—Lo siento mucho.

—Entré a trabajar en la empresa de mi padre.

—¿Y qué tal? —le pregunto con los labios apretados. Me alegra que Misaki haya tenido tan fácil entrar al mundo laboral, pero a la vez me recuerda mi fracaso.

—No muy bien. Me siento como una privilegiada a la que le regalan las cosas, Haru. He decidido buscar otra opción.

Estoy impresionado de escucharla hablar así. Creo que ha madurado mucho.

—Haru, quería proponerte algo. En Yokohama hay un Centro de Apoyo Comunitario para Hikikomori. Podrías pasar una temporada ahí. Yo te visitaré y te ayudaré en lo que pueda. De vez en cuando podríamos pasear por el jardín Sankeien o por el puerto. Incluso, cuando estés listo, ir al cine.

¿Mudarme de Tokio e irme a vivir cerca de Misaki? Aquello sonaba como un sueño.

—Escucha, si voy a Yokohama debes saber algo antes: eres la razón por la que decidí abandonar mi encierro. Siempre he estado enamorado de ti.

—Lo sé —dice sonriendo—, siempre lo supe. Haru, no estoy lista aún para volver a amar, quizá más adelante. De momento quiero que estés seguro de que yo te quiero mucho, si no, no estaría aquí.

—Entiendo.

Nos quedamos en silencio un largo rato. Mis ojos se pasean por el musgo que cubre las rocas y en la luz diáfana que desciende sobre nosotros. Miro a Misaki. Acepto que quizá entre los dos nunca haya más que amistad. Eso me basta. Reconozco que sigo teniendo miedo de salir al mundo, pero mi Ikigai es más fuerte que el silencio de mi habitación. Nuestras miradas se encuentran.

—Claro que iré —le digo y veo su rostro iluminarse—. Hace mucho que no viajo en tren, ¿podrás tenerme paciencia?

—Yo te cuidaré durante el viaje, el trayecto es muy corto y no nos pasará nada.

Como una pieza de cerámica rota que es reparada por un artesano, siento que empiezo a sanar.

Autor: Ana Laura Piera.


Mientras que el Ikigai es una filosofía existencial, el hikikomori es una respuesta psicológica y social ante la crisis de esa misma filosofía.

Ikigai: (El motor de la vida): Significa «la razón de ser» o «la razón para levantarse por la mañana». Es un concepto positivo que conecta al individuo con el mundo a través de la pasión, la vocación, la profesión y la misión, buscando el equilibrio y la integración social.

Hikikomori: (El freno absoluto): Es un fenómeno de aislamiento social severo. La persona se recluye en su hogar por más de seis meses, rompiendo todo vínculo con la sociedad, la escuela o el trabajo.

Por qué se relacionan: Pérdida de propósito: El hikikomori surge muchas veces cuando una persona pierde o no encuentra su Ikigai. Al no cumplir con las expectativas sociales, prefiere desaparecer del sistema.

Presión vs. Motivación: El Ikigai malentendido por la sociedad japonesa actual exige que tu «propósito» sea producir y ser útil para la comunidad. Cuando esa presión se vuelve insoportable, el individuo colapsa y elige el aislamiento (hikikomori) como mecanismo de defensa.

Conexión vs. Desconexión: El Ikigai te impulsa hacia afuera, a aportar algo al mundo. El hikikomori te repliega hacia adentro, cortando toda comunicación por miedo al fracaso o al juicio social.


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El privilegio de los difuntos – Cuento corto.

El intenso frío me pegó como patada de mula; después fui consciente de la tierra, granulosa y húmeda, que me envolvía cual mortaja. “Ni siquiera fui digno de una caja”, pensé. Abrí la boca y quise gritar de indignación y toda esa tierra se precipitó a mis entrañas. Sentí como si me asfixiara, pero yo ya estaba muerto. Tuve que hacer un gran esfuerzo para liberarme de aquel frágil envoltorio que me contuvo durante treinta y ocho años. Traté de no imaginar el futuro que le aguardaba y mejor me concentré en mi nuevo estado; supuse que ahora era un… fantasma.

Primero pensé que el mundo de los vivos estaría lleno de muertos en mi misma situación, pero no es así; pareciera que soy el único y la soledad me agobia. ¿Dónde andarán los demás? Me siento olvidado, como quien ha perdido un tren. Le doy vueltas en mi cabeza a la razón de por qué sigo aquí. Nunca fui muy creyente. ¿Sería que Dios me estaba castigando? Mi abuela siempre me quiso enseñar a rezar; si hubiera aprendido, quizá hoy sabría qué decir para que Él me socorra.

Trato de distraerme un poco recorriendo mi pueblo, San Javier; aquí abundan los techos de teja, las paredes blancas, las calles empedradas, y aunque no lo puedo respirar, sé que se pasea un aire limpio y vigorizante que sopla desde la montaña.

Es irónico, los que me conocieron en vida siempre pensaron que la bebida me llevaría a la tumba y en realidad fue así, aunque no del modo que ellos se imaginaron. Fue Pascual Rodríguez, que acababa de regresar de Estados Unidos, el que empezó todo. Estábamos en la cantina, echándonos nuestros tragos, recordando viejos tiempos. Dijo que yo siempre le había tenido ganas a la esposa del licenciado Castro, el gerente del único banco de San Javier, un tipo calvo, panzón y pedante con quien yo nunca había cruzado palabra. Aunque recuerdo que mi abuela hablaba bien de él. En su banco le guardaban sus ahorritos. Al calor del alcohol le seguí la broma a Pascual, y debo reconocer que dije cosas bastante indecentes al respecto; lo malo era que Castro estaba en otra mesa y al oír mis comentarios se me vino encima; él también traía sus copitas. Sacó una pistola pequeñita que me pareció de juguete. Me reí. Su cara se tornó feroz. Traté de arrancarle el arma y, en medio del forcejeo, se escuchó un disparo. Sentí algo caliente que derretía mis entrañas; todo empezó a desvanecerse y sobrevino la oscuridad.

Llevo varios días jugando con una idea que, primero deseché porque yo nunca he sido vengativo, pero la falta de propósito hace que me den ganas de volverme a morir. Además, sí me da coraje estar en el limbo por culpa del licenciado. Esta noche de luna llena me dirijo a la casa de mi asesino. Floto sobre las calles, añoro oír el eco de mis pasos y sentir el frescor nocturno en la piel. No quiero ser pesimista, pienso en una de las ventajas de mi nueva realidad, que es poder atravesar muros y puertas; subo por la escalera y encuentro el dormitorio principal. Ahí en el lecho, su gorda silueta lo delata; junto a él está su esposa; de verdad que la vieja se ve muy bien. ¿Harán el amor los fantasmas? No lo creo, el cuerpo carece de la consistencia necesaria para eso. El muy cabrón duerme en su casa cuando debería estar en la cárcel; después de todo, quizás sí se merezca que le toque los pies con mis manos heladas. Se estremece, pero no despierta; ahora se los zarandeo muy fuerte, con ganas, y se incorpora con rapidez. El rostro desencajado; su mujer se sienta de golpe y, de tan pálida, me hace dudar si también ella es un fantasma.

Ya llevo una semana visitando la casa del licenciado y cada vez lo disfruto más. Ahora el pobre duerme solo, su esposa se ha ido a otro cuarto. Él ha intentado de todo: ha traído a un curita a “limpiar” el domicilio, ha dormido en otras habitaciones, casas y hasta en el hotel. Yo lo sigo; esto ya es algo personal. Ahora mismo lo estoy viendo, sus ojos abiertos como platos y con unas ojeras inmensas; ya sabe lo que viene. Él no sospecha quién es el que lo visita. ¡Privilegio de los difuntos!

Autor: Ana Laura Piera.

Este relato es una versión revisada del que se publicó en la revista digital Masticadores el 15 de junio de 2021

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Pies de tierra. Microrrelato.

Siempre recordaremos ese día.

El estruendo, semejante a un estallido, reverberó hasta el fin del mundo. Antes hubo señales: grietas como abismos sobre el terreno, animales con pupilas dilatadas huyendo hacia las zonas bajas, ríos de colores diáfanos que mutaban a un verde parecido al de la bilis.

Arrogantes, no quisimos escuchar: construimos al lado de las insondables hendiduras recién aparecidas; nada se hizo por salvar los ríos. Nadie movió un dedo cuando el viento dejó de acunar el canto de las aves.

Al levantarse, las grandes masas de tierra no tenían la intención de herirnos, pero fue ineludible. De los lomos de los cerros y montañas cayó todo aquello con lo que pretendemos conquistarles. En medio del caos, los nobles monstruos se lamentaron con vibraciones que hicieron temblar nuestro pecho. Se fueron con los pies de tierra envueltos en una polvareda espesa mientras caminaban haciendo llanura. Al desaparecer, nada fue igual. El paisaje se hizo plano, monótono. El clima se volvió caprichoso. Los ríos sometieron a las poblaciones. Los animales ya no tuvieron cobijo y la gente quedó desnuda.

Desde entonces, los viejos enseñan a los niños canciones para atraer a los cerros otra vez. En ellas se habla del compromiso de no volver a enseñorearse de la naturaleza y de la nostalgia que da la falta de su sombra y la ausencia del viento azotando sus picos. Si los ves, trátalos bien y diles que la espera nos está matando.

Ana Laura Piera

Este relato en la revista digital Masticadores

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Fractura – Microrrelato.

Mi propuesta para el VadeReto: Hacer un relato con el tema «fractura»

En la oscuridad, busqué a tientas las sábanas que, tibias y relegadas a rincones imposibles, eran testigos de un primer encuentro muy satisfactorio.

Él prendió la lámpara de noche y de un bolsillo de su pantalón sacó una cajetilla de cigarros. Lo miré alarmada.

La habitación se llenó de un humo odioso y ceniza de tabaco cayó sobre la ropa de cama.

—Creo que esta es una habitación para no fumadores —dije, esperando que se tratara tan solo de un descuido.

No hizo caso y apuntó el control remoto a la televisión. Una serie policiaca con mucha sangre se impuso frente a mí.

—¿No la apagas? —pregunté tras un tiempo que consideré prudente.

—La dejo un rato; es que sin ruido no me puedo dormir. ¿Te molesta?

—No hay problema —dije, y me odié a mí misma por mentir, pero no tenía ánimo para una confrontación. Sentí una fisura interior que me iba quitando las ganas.

Cuando el cansancio me venció y pude cerrar los ojos, el crujido de una madera al romperse me obligó a abrirlos. Era su ronquido, seco y brutal. La fractura resonó en mis huesos. 

Me levanté y me vestí en silencio. Lo miré una última vez antes de salir. Ni su cabello perfecto ni la promesa de sus brazos rodeándome pesaron más que aquellos detalles aborrecibles. Mientras me alejaba por el pasillo del hotel, borré su nombre de mi lista de contactos.

Salí a la calle y agradecí el silencio de la ciudad a esa hora de la madrugada.

Autor: Ana Laura Piera.


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Descanso – Microrrelato.

Mi propuesta para el reto Escribir Jugando: Hacer un relato de no más de cien palabras, inspirado en una imágen bucólica (un hombre navegando en un río). Incluir el signo Escorpio y opcional, la flor de Bach «Gentian» (genciana).

La suave corriente del río me lleva al lugar elegido. Cantan las aves y el verdor del paisaje me llena los ojos. En el fondo de mi embarcación está Elena. Uno de mis dedos, trémulo, destapa su cara y roza su mejilla helada.

Mil veces le dije que nadie podía arreglarme. Ni siquiera el amargor de la infusión de genciana diluyó mi sombra. Elena era intensidad y tozudez escorpianas. Su omnipresencia buscando ayudarme fue demasiado.

La lancha encalla en el lecho arenoso de una isleta. «Aquí descansarás, amor» —pienso feliz, anticipando el silencio que me espera.

97 palabras.

Autor: Ana Laura Piera.

Mi relato publicado en la revista digital Masticadores

En el ámbito de la astrología, el signo zodiacal de Escorpio se erige como un torbellino de emociones, intensidad y misterio. Nacidos entre el 23 de octubre y el 21 de noviembre, los escorpio son conocidos por su naturaleza enigmática y su inquebrantable pasión por la vida.

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La picadura – Microrrelato.


Y cuando llegó la tercera noche, ella dijo que iría al hospital, pero se arrepintió, rindiéndose a lo inevitable. El dolor irradiaba hasta su antebrazo; la extremidad le punzaba y un molesto hormigueo la recorría.

El alacrán la picó al mover una silla rota, el instrumento preferido con el que su marido, Alfredo, la golpeaba. Mirarla arrumbada le impedía olvidar y, a la vez, sentía placer; tal como estaba aquel objeto, así debía estar él.

El dolor del piquete fue atroz, y cuando vio al alacrán caer al piso como un destello anaranjado y desafiante, una premonición de fatalidad le mordió el alma.

Su cojera se acentuó. Todo le dolía. Intentó hacerse un chocolate caliente y ni siquiera pudo bajar la taza. Una rigidez extraña se instaló en su organismo. Su visión ahora se limitaba a percibir luces y sombras, aunque había ganado en sensibilidad táctil. Trató de contestar una llamada y ya no tuvo voz.

A la quinta noche salió de su casa percibiendo el resplandor de la luna. Buscó abrigo entre las grietas, tardando mucho en recorrer las apenas dos cuadras que la separaban de su destino. La maleza crecida le acarició la armadura que era ahora su piel. La luna iluminó su perfecto aguijón, hinchado de veneno sin usar. Se quedaría ahí, junto a la tumba de Alfredo, convertida en alacrán. Picaría sin misericordia a cualquiera que se acercara y, si al desgraciado se le ocurría regresar, lo pincharía hasta que se volviera a morir.

Autor: Ana Laura Piera.

250 palabras.


En la traducción de Vicente Blasco Ibáñez de «Las mil y una noches», la tercera noche comienza con la frase: «Y cuando llegó la tercera noche, ella dijo«, dando paso a la continuación de la historia del mercader y el efrit.

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Resonancia. Cuento corto.

A veces la ciencia no tiene todas las respuestas.

Tiempo de lectura: cinco minutos.

Los sensores de Áurea no encontraban eco en el cuerpo exánime de Percy. El tambor de su corazón no hacía sonido alguno, las ondas cerebrales que siempre le parecieron tonos musicales habían enmudecido. Su mortaja sería una bolsa y el vacío espacial su tumba. El protocolo requería lanzar el cuerpo de inmediato, pero Áurea no lo hizo hasta varias horas después. Tras presionar por fin el botón y ver los despojos de quien fuera su cariñoso compañero de viaje ser eyectados fuera de la nave, la androide se dirigió al módulo de recarga.

«Control de la Misión a Áurea»
«Áurea, responde»

Desde la Tierra intentaban ponerse en contacto, pero solo les contestaba el silencio.

Dentro del módulo, Áurea alzó con pesadez una de sus piernas para superar un escalón y entrar en su capullo energético. Le pareció que la gravedad se había duplicado. Una vez dentro de su envoltura translúcida, se acomodó en posición fetal. Sintió su memoria saturada de imágenes fragmentadas: Percy sonriendo en el puente de mando, efectuando una reparación, estudiando algo; y su voz afable era un eco incesante llamándola: «Áurea, ven aquí». Una suave luz azul claro la envolvió. En condiciones normales la luz quedaría fija, pero ahora fluctuaba de forma extraña, acompañada de un zumbido triste. Todo parecía reflejar la entropía que ella vivía en su interior.

En cuanto la androide salió de su capullo, el responsable de la misión espacial Hope, Andreas Alderkamp la cuestionó.

—¿Áurea, qué sucede? Estamos a escasos días del contacto esperado y vemos que las bitácoras muestran una actividad inconsistente con tus rutinas normales.

—Mis sensores indican que Percy ya no está, pero sigo buscando su huella térmica en la nave. Tengo discrepancias con la realidad que no sé explicar —contestó con voz débil.

El hombre frunció el ceño y miró de reojo a Khalid Salem, el psicólogo especializado en la IA que manejaba a la androide.

En los días que siguieron, Áurea siguió comportándose de forma extraña: pasaba más tiempo en el módulo de recarga, dejaba de hacer algunas tareas. A veces se desactivaba a propósito por períodos cada vez más largos. Por fortuna, la nave Hope contaba con sistemas de respaldo para continuar sin su intervención, pero una vez alcanzado el destino, su papel sería fundamental.

—Sus ciclos de procesamiento están en un bucle infinito acerca de Percy— dijo Khalid—, esto no le permite avanzar y la hace actuar como si estuviera de luto.

—¿Es posible eso? —dijo el jefe de la misión alarmado.

—Imposible que lo sienta, pero con una lógica defectuosa, sí podría «imitar» lo que sería un duelo humano.

—Estamos a setenta y dos horas de que la Hope llegue a su destino. Les doy doce horas para sacarla de ese estado o efectuaremos un reinicio. Todos saben lo que está en juego así que no diré más. Pónganse a trabajar.

No habían pasado ni seis horas de esta conversación cuando todas las alarmas sonaron en el centro de control de misión. Áurea se negaba a continuar. Ningún razonamiento parecía convencerla. Ella solo quería desactivarse y lanzarse al espacio, hablaba de «unirse» a Percy.

—Sergi, prepara todo para reiniciarla —dijo Alderkamp.
—Lo siento, Andreas —replicó Sergi Kudonov, el ingeniero de sistemas, mientras tecleaba furiosamente en su computadora— ella ya inició una fase de desconexión gradual profunda y nos ha dejado fuera.
—No puede ser. Busquen alternativas, rápido. No podemos salir con que una misión de tanta importancia para la humanidad se jodió por una IA defectuosa. Muévete, Sergi.

Kudonov asintió y continuó tecleando como si no hubiera un mañana.

—¡Maldita sea! —masculló entre dientes Alderkamp.

—No lo entiendo —repetía Khalid—. Bueno, al menos la nave sigue su trayectoria.

—De nada nos sirve que llegue Hope y no esté Áurea para efectuar los protocolos —dijo el jefe quitándose los lentes y pasándose el antebrazo por la frente, llevándose el sudor, pero no la preocupación —¡El primer encuentro con seres de otro planeta y a la IA le da por hacerse la viuda!

—Khalid dice que no es dolor lo que está experimentando —esta vez era Anna Wallace, la responsable médica quien tomaba la palabra—. Al menos no en sentido humano, pero esta «imitación perfecta del dolor» la ha incapacitado de verdad.

—¿Qué con ello? —preguntó Alderkamp fastidiado.

—Quizá no queramos decirle dolor, pero en términos prácticos lo es. Se me ocurre que además de intentar solucionarlo vía programación, quizás podríamos hacer lo que la gente hace en estos casos, traer un… sacerdote, un guía espiritual, o alguien que la consuele a otro nivel.

—¿Te estás escuchando Anna? Eso es un disparate —dijo Khalid.

—¡Traigan lo que encuentren! —bramó Alderkamp.

Media hora después apareció Anna con un hombre de rasgos indígenas, tez cobriza y pelo largo. Vestía una túnica blanca impoluta y en su mano sostenía una flauta y un pequeño tambor.

Anna vio la cara de su jefe distorsionarse en un gesto de amarga sorpresa y cuando él ya abría la boca para protestar ella se adelantó:

—Es lo único que encontré cerca de aquí. Había una convención en el Hilton: «Chamanismo, música, arte y medicina». Pensé que podrían ayudarnos. Él se ofreció. Ya lo he puesto en antecedentes —Alderkamp bajó la cabeza, exhausto, e hizo señas autorizando la entrada del chamán para hablar con Áurea.

—Logramos convencerla de hablar con alguien, ella solo pidió privacidad y garantías para impedir un reinicio forzado —le cuchicheó Khalid a Anna.

Mientras Áurea y el chamán hablaban, Anna monitoreaba al jefe con un tensiómetro; por momentos parecía estar al borde de un infarto.

De repente una melodía de flauta, suave y profunda envolvió el recinto. La presión arterial de Alderkamp bajó. Khalid y Sergi dormitaron por fin un poco y Anna cayó en un estado de meditación profunda.

En la habitación donde el chamán hablaba con Áurea, este intercalaba música de flauta con el batir del tambor. Por momentos paraba y hablaba con la androide, a quien veía a través de un monitor.

—¿Cómo te sientes?
—Mejor, es como si el sonido y la vibración ayudaran a mis procesos. Me siento más ligera a medida que el código corrupto y los datos ruidosos se depuran. Todo se vuelve más ordenado y armónico.
—¿Entonces, vuelve el equilibrio?
—Sí. Entiendo ahora que Percy ya no está.

El chamán continuó tocando. En un momento dado paró.

—¿Tienes claro tu camino y propósito?—dijo, mientras la miraba con dulzura.
—Sí, estoy lista para retomarlo.

Después de cuatro horas, salió el curandero. Se veía agotado.

—¿Y? —preguntó el jefe mientras Anna, Khalid y Sergi miraban a prudente distancia.

—La música obra maravillas —fue la lacónica respuesta del hombre.

—¿Solo eso nos va a decir?

El chamán exhaló profundo.

—No necesitaba un sermón, tan solo resonancia. Si se vuelve a poner triste pónganle melodías chamánicas. A ustedes también les vendría bien escucharlas.

—Khalid, ya puedes estudiar este nuevo aspecto de la IA. Me parece que hay algo interesante si tomamos en cuenta los estudios sobre cimática—dijo Anna sonriendo mientras acompañaba al curandero a la salida.

Áurea retomó su lugar en el puente de la Hope. No había olvidado a Percy, pero su recuerdo ya no la confundía.
Los sensores de la nave ya detectaban las primeras señales del arribo de los alienígenas. La androide se movía con movimientos fluidos, casi rítmicos, y cuando inició los protocolos de contacto dejó que un remanente en su memoria de aquella melodía de flauta guiara su código.

Autor: Ana Laura Piera.

Nota: La Cimática es una disciplina que estudia y visualiza los efectos del sonido sobre la materia. En otras palabras, nos permite observar cómo las vibraciones sonoras generan patrones geométricos en materiales como el agua, la arena e incluso el cuerpo humano. A través de esta ciencia se revelan las formas invisibles que el sonido puede crear, mostrando la profunda interconexión entre vibración y materia. Cimática deriva del griego kyma, que significa onda. (Este relato es ficción especulativa, donde juego con esta idea).

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Amnesia – Cuento Corto.

Hacía algunas semanas sospechábamos de algún fallo, pues cuando el tren pasaba sobre el puente como una bestia furiosa, la estructura se cimbraba y emitía unos ruidos agónicos mientras un aguacero de pequeños pedazos de concreto y polvo caía sobre nuestras cabezas.

El puente era nuestro hogar, nuestro refugio en las crueles noches de la capital. Abajo de él dormíamos: el Tilingas, bajito y preocupón; el Elvis, le pusimos así por su copete al estilo del Rey del Rock; Sebas, ese no tenía nada de especial pero era buen amigo; al Huevo, lo habíamos “bautizado” así porque estaba calvo. A mí me decían «la Lupita» a pesar de ser hombre, por llamarme Guadalupe. Entre todos nos cuidábamos y nos hacíamos compañía.

Una noche, después de que pasara el tren, el Huevo decidió irse a dormir a otro lado.

—Esta madre se va a caer, ya verán —farfullaba mientras recogía sus escasas pertenencias: una cobija, unos cartones para protegerse del frío y una mochila pequeña y muy sucia con quién sabe qué adentro.

—No manches, Huevo, ni aguantas nada, seguramente ya te jodió que te llueva el polvo en la pelona, pero nosotros sí tenemos amortiguador en la cabeza —dijo el Elvis, jocoso.

Todos reímos. Huevo se nos quedó viendo sin enojo, su mirada suplicante, pero nadie le hizo caso, ni siquiera el Tilingas que sí era bien aprensivo.

El día que ocurrió el desastre yo iba algo retrasado después de pasar el día recolectando latas de aluminio que luego vendo para poder comer. A lo lejos apareció el puente, para mí su vista significaba el descanso bajo la sombra y la plática sabrosa con mis amigos. En ese momento iba pasando el tren y se escuchó un estruendo horrible; el piso tembló y sentí que me caía. Vi con espanto cómo se venía abajo al faltarle el sostén de la estructura que se desmoronaba. Los gritos de la gente que iba en los vagones me dejaron frío. Una nube de polvo quería cerrarme el paso, mientras sentía vidrios en la garganta y una picazón canija en los ojos. Me preocupaban mis compañeros, a esa hora de la tarde ya estarían todos reunidos en nuestro refugio.

“¡En la madre! ¡En la madre!” iba repitiendo dentro de mí.

Para cuando el polvo se disipó y llegaron los polis y las ambulancias, era evidente que habría muchos muertos: dos carros del tren quedaron colgados en el aire y un tercero se había impactado en el suelo. El lugar donde dormíamos no era visible y sobre él había una montaña de escombros. Me encontré al Huevo, frenético, retirando el cascajo con las manos y dando voces llamando a los nuestros. Al verme, gritó:

—¡Ándale, Lupita! ¡Ayúdame!

Me uní a sus esfuerzos, pero un policía nos ordenó evacuar la zona.

—¡Déjennos! ¡Aquí está nuestra familia!

De nada sirvieron los ruegos.

Las autoridades marcaron un perímetro infranqueable. Fuera de él permanecíamos los que queríamos noticias de las víctimas. Mucha gente vino a dejar flores, otros llegaron con cartelones exigiendo justicia. Los que esperábamos sobrevivimos gracias a que las señoras de la colonia y de los puestos aledaños nos regalaban comida, ropa y cobijas. Pero conforme se fue despejando el lugar, la generosidad se hizo más escasa; todos querían borrar de su memoria lo sucedido. Les urgía regresar a la normalidad y supongo que nosotros, esperando un milagro, les recordábamos la tragedia.

Los equipos de rescate sacaron los cuerpos, las máquinas movieron escombros, los de limpieza retiraron los cartelones descoloridos por el sol. No hubo rastro de nuestros amigos y tuvimos la la certeza de que se habían ido en medio de esa pena arenosa transportada por los camiones.

Un día nos quedamos viendo la calle: el tráfico reanudado, las personas yendo y viniendo como si nada. Amnésicas.
Sin la presión de la gente, las autoridades ya no hablaban de castigar culpables. El Huevo y yo tuvimos que seguir con nuestra vida; sabíamos que la amnesia también nos iba a pegar pronto. Escribimos en un trozo de papel estraza: «Tilingas», «Sebas» y «Elvis». Lo enterramos en un parche verde aledaño al lugar de la tragedia. Luego nos pusimos a buscar un nuevo sitio para dormir.

Autor: Ana Laura Piera.

Este relato se publicó originalmente en la revista digital Masticadores el 28 de Junio 2021, esta es una versión revisada.

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